Los acontecimientos recientes en la geopolítica internacional nos sitúan en un escenario de confrontación y guerra que creíamos superado, fruto de la construcción de un orden internacional basado en acuerdos entre los Estados que dieron origen al derecho internacional y de organismos multilaterales encargados de velar por su aplicación. El ideal del mundo moderno —centrado en la razón y erigido por la cultura occidental, defendido con el propósito de construir un mundo “civilizado”— ha sido hoy sepultado por la lógica imperialista del gobierno de Estados Unidos.
La razón, entendida como logos: discurso, palabra y argumento; como esfuerzo de la modernidad por hacer posible un orden racional, se ha desvanecido. En su lugar se ha instalado la lógica del poder impositivo y violento. Frente a ello, el llamado mundo “civilizado” guarda un silencio cómplice, especialmente la Europa de la Ilustración, del Renacimiento, del Humanismo, del Enciclopedismo y de las revoluciones políticas que dieron origen a la declaración de derechos y libertades y a las teorías del Estado moderno. Esa misma Europa, cuna de civilización y de imperios, pero también de barbarie; sucumbe y se doblega ante el nuevo amo del mundo: antiguos poderes imperiales convertidos en espectadores de la configuración de un nuevo orden internacional. En contraste, América Latina —históricamente sometida y controlada— mantiene intentos de resistencia y organización, buscando fortalecer nuevas narrativas antiimperialistas.
Las relaciones internacionales, marcadas por ciclos de guerra y paz, han estado dominadas por países colonialistas: Inglaterra en el siglo XIX, Estados Unidos en el XX y lo transcurrido del XXI. Este último configura un nuevo orden internacional determinado por su poder y supremacía. La situación se agudiza con Donald Trump, cuyo talante autoritario desconoce las reglas democráticas, mientras proclama la defensa de la democracia, el orden, las libertades y el petróleo. Así construye nuevas formas de relacionamiento entre Estados, no reguladas, sino impuestas.
La lógica del poder del gobierno Trump no es casual ni un accidente de la historia: forma parte del ADN de la sociedad estadounidense. Se centra en la estrategia de imponer miedo y orientar al mundo en una dirección única. La naturaleza del poder autoritario consiste en someter la voluntad de los otros a la voluntad de quien lo ejerce, anulando el derecho internacional y los organismos multilaterales creados para regular las relaciones y conflictos entre Estados.
La era Trump reivindica la supremacía del hombre blanco estadounidense bajo la consigna “América para los americanos”, línea de conducta con la cual gobierna y orienta la política internacional. Ejemplos de ello son: la captura de Nicolás Maduro, vulnerando la soberanía venezolana y controlando sus reservas de petróleo, la amenaza de bombardear a Colombia y detener a su presidente constitucional, decretos presidenciales para perseguir y repatriar inmigrantes, el cierre de la frontera con México, el aumento de aranceles a las importaciones, la negación del cambio climático, iniciativas de neocolonialismo frente a Canadá, Groenlandia y Panamá; el apoyo a Ucrania en la guerra con Rusia, la alianza con Israel que avala el genocidio contra Palestina en Gaza, los bombardeos sobre Irán; y las snciones económicas contra quienes desconozcan sus orientaciones. Todo ello pisotea la autodeterminación y soberanía de los Estados.
Este escenario de la geopolítica internacional se acompaña del resurgimiento de nuevos nacionalismos centrados en la supremacía racial y en la negación de principios esenciales de la democracia liberal. El gobierno Trump amplía la percepción de que la democracia atraviesa un período de retroceso, con abundantes ejemplos en la geografía global. Impone una lógica de poder única y supremacista, con una sola visión y forma de concebir el mundo, sepultando de esta forma, los ideales de la Era Moderna, como son: la razón, la libertad y el progreso de una sociedad.
