El pasado lunes 10 de agosto, a las 7:30 de la mañana, cuando los colombianos iniciaban la semana con expectativas frente al nuevo gobierno, la tierra se estremeció. Durante un minuto y treinta segundos, la naturaleza nos recordó su misterio y nos mostró nuestra fragilidad como especie humana, en un mundo donde solemos creer que somos autosuficientes y poderosos frente a otras formas de vida.
Algunos interpretaron el fenómeno como un mensaje oscuro, evocando profecías o castigos divinos; otros lo relacionaron con el cambio climático. Sin embargo, más allá de las explicaciones científicas que lo reconocen como un fenómeno natural, lo que emergió con fuerza fue la certeza de que, ante la adversidad, no estamos solos.
La tragedia nos golpeó, pero también nos convocó. Nos recordó que la verdadera fortaleza no está en dominar la naturaleza, sino en la capacidad de unirnos, de tender la mano al vecino, de reconstruir juntos lo que se pierde. En medio del dolor, surgieron gestos de solidaridad: familias compartiendo techo y alimento, comunidades organizándose para ayudar, voces que alentaban a no rendirse.
Hoy, más que nunca, necesitamos mirarnos como parte de un mismo tejido humano. La esperanza no se encuentra en negar la tragedia, sino en la certeza de que, unidos, podemos levantarnos. La tierra se sacudió, sí, pero también despertó en nosotros la convicción de que la solidaridad es la fuerza que nos permitirá seguir adelante.
Desafortunadamente, la incomprensión de la naturaleza aún mantiene vivas viejas creencias que le atribuyen poderes sobrenaturales y formas de castigo social, alimentadas por supersticiones religiosas. Más allá de esas interpretaciones, lo cierto es que la tierra siente, resiente y se expresa, movida por causas que generan consecuencias dolorosas y trágicas, como el reciente terremoto que derrumbó pueblos y ciudades, dejando en escombros edificios y hogares, y con ello la pérdida de cientos de vidas humanas.
Del mismo modo, la afectación del aparato productivo y económico; la vida social, cultural y educativa de las regiones afectadas como: Chocó, Risaralda, Caldas, Quindío, Valle del Cauca. En donde los costos productivos que están dimensionando, dan cuenta, según la línea base publicada por la red de la Cámaras de Comercio de 127 municipios en los cinco departamentos de mayor afectación; en los cuales tienen asiento 269.786 empresas; que sostienen 1.396.020 empleos formales; equivalente al 15 % del empleo formal del país y el 93 % de ese tejido económico son microempresas. Estos no son datos exactos; sino proyecciones que evidencia el daño ocasionado por el fenómeno natural y la magnitud de la tragedia humana, económica y social.
En este orden, el sector educativo también sufrió graves daños en su infraestructura; de acuerdo con diagnóstico preliminar del Ministerio de Educación Nacional, las afectaciones han sido evidentes; en infraestructura educativa en 19 departamentos, 1.631 sedes escolares y 500 mil estudiantes afectados.
En cuanto a la educación superior, se registran daños materiales en 117 instituciones de educación superior públicas y privadas; dentro de las cuales, 54 sedes presentan alta afectación en su infraestructura; 91 mantienen afectaciones en las actividades académicas y 114.855 estudiantes afectados en el servicio educativo.
Por ello, desde la Asociación Colombiana de Universidades Ascun, y el Sistema Universitario Estatal SUE; hemos brindado apoyo y acompañamiento solidario a las víctimas, poniendo al servicio nuestras capacidades y experiencias para mitigar la tragedia social y humana en las regiones afectadas.
En este escenario de destrucción, dolor, angustia y desesperanza, extendemos la mano a muchos colombianos que perdieron seres queridos, bienes materiales, empleo y medios de subsistencia. Estas tragedias generadas por la naturaleza, develan, no solo la fragilidad humana; sino la vulnerabilidad social de muchas regiones, que padecen el atraso y abandono estatal; que viven en condiciones paupérrimas y reflejan las asimetrías sociales.
Este terremoto, al igual que muchas otras tragedias naturales continúan mostrando las inequidades y desigualdades sociales no corregidas. Pero cuando suceden, la reacción inmediata y humana es la solidaridad como expresión del compartir con generosidad y desprendimiento en función del otro y los otros; reacción importante, pero no suficiente; se requiere la acción decidida del Estado. Buscar la forma de intervenir a través del incremento del gasto público; para de esta forma, hacer inversiones en materia de infraestructura física, económica y atención de la población afectada.
Es necesario recalcar, que esta iniciativa de inversión y activación del aparato productivo, solo lo puede hacer el Estado; centrar el esfuerzo en la reconstrucción de las regiones afectadas. Necesitamos la solidaridad y acción decidida del Estado para superar la tragedia que hoy padecen muchos colombianos.
