La confrontación de discursos y narrativas en cada extremo del péndulo político —negando la democracia en nombre de la democracia— nos expone a discursos dogmáticos, poseedores de verdades irrefutables, defendidas a costa de negar y violentar libertades. Es un modelo que recorre Occidente y nos obliga a reflexionar sobre la vigencia de la democracia: revitalizarla o verla morir.
El escenario político nacional es una muestra de lo que ocurre en la región, en Estados Unidos y en Europa. La frágil cultura política actual se alimenta de caudillismos y personalismos, apelando a principios fundacionales que nunca han existido. Entristece observar el nivel de polarización y el irrespeto en la vida pública nacional: hemos caído en un empobrecimiento del debate, dando paso a la descalificación y a la anulación del otro. Esto impone la necesidad de un liderazgo inaugural y transformador que tenga como centro la reafirmación de la convivencia social. Si no aprendemos a convivir en la diferencia, no podremos construir una democracia.
Desde hace un tiempo hemos caído en un estado de opinión determinado por una narrativa mediática de desinformación y posverdad. Con ello estamos construyendo nuevas formas de violencia, en las que los referentes son, en su mayoría, líderes de opinión, medios de comunicación y dirigentes políticos que han convertido la democracia en un escenario de anulación y discriminación. Bajo estas tensiones y desencuentros es imposible construir un proyecto de nación. Para validar lo anterior, basta con observar, escuchar y reflexionar sobre la decadencia y degradación del discurso político y de quienes lo representan. En la frágil democracia colombiana hace tiempo dejamos de escuchar voces sensatas, sabias e ilustradas, orientadoras de la sociedad que debemos construir. Las pocas existentes han sido invisibilizadas por discursos ruidosos cargados de insultos y descalificaciones, generando malestar en la vida pública y defendidos bajo el argumento de la tendencia y el rating mediático. Con ello empobrecimos el debate y la vida pública, desconectando a la ciudadanía de la realidad que debería asumir conscientemente, reemplazada por una realidad construida mediáticamente. El propósito ha sido incidir en la creación de imaginarios sociales apocalípticos para anular a unos y engrandecer a otros, convirtiéndolos en héroes, salvadores y mesías con discursos proféticos y fórmulas redentoras para nuestras desgracias. Toda esta realidad ha generado un retroceso democrático.
Estamos acostumbrados a creer que las democracias mueren mediante golpes de Estado clásicos: el palacio presidencial incendiado, el presidente asesinado, encarcelado o exiliado. Pero hoy no hay tanques en las calles. La Constitución y otras instituciones nominalmente democráticas continúan vigentes. La población sigue votando. Los autócratas electos mantienen una apariencia de democracia, que van vaciando de contenido. Lo anterior ocurre dentro de las mismas instituciones democráticas, partidos políticos y élites que, por temor y/o oportunismo, incorporan estas lógicas de poder al sistema general, poniendo en riesgo la democracia.
Esta es precisamente la paradoja trágica de la senda electoral hacia el autoritarismo: los asesinos de la democracia utilizan las propias instituciones democráticas de manera gradual, sutil e incluso legal para liquidarla. Este es el camino por el que transitan actualmente las democracias occidentales: una nueva forma de negarlas y destruirlas, con los mismos actores y el mismo contexto.
